IIiInicio - Publicidad - Contáctenos -
Cuentos y Leyendas
Guías
Campings
Parques Nacionales
Guía de Compras
Foros
... y además

Técnicas
Cursos y notas
Obsequios
Cuentos y leyendas
Humor
Galería de fotos
Clima
Asesoramiento
Contáctenos

Le tomaron las medidas

Pozo Molina, paraje del centro-oeste formoseño, habitado por aborígenes de la etnia pilagá, está ubicado al norte-oeste de Las Lomitas. Región cubierta de montes, entre cuyos árboles se destacan quebrachos y algarrobos, parte de los cuales fueron inundados por aguas pertenecientes al otrora belicoso río Pilcomayo, el que, debido a su penetración en zona de llanura perdió su impetuosidad y fue sedimentando su cauce, tornándose divagante.
Es así que se forma un sistema hídrico variable que abarca zonas de playas, palmerales y monte fuerte. Allí donde el agua permaneció mucho tiempo, murieron primero las palmeras y luego los árboles que pueblan la región, que, por ser preponderantemente de características de madera dura, quedaron enhiestos, perdiendo sus hojas y ramas menores, conservando sólo su fuste y ramas principales. Como el agua fluye, traslada simientes de otras especies tal como una enredadera que creció exuberante, cubriendo totalmente a estos gigantes de pie, tapando su color gris-marrón , adosándoles una diversidad de verdes cuya tonalidad varía de acuerdo a la estación climática. Los lugareños llaman a estas poblaciones "champales". Visualizo a este ambiente como fantasmas . . . verdes. Es el lugar preferido para las curiyú, que aprovechan las mejores ramas horizontales para tomar sol en horas de la siesta. En invierno, claro.
El bañado, denominado en la zona "La Estrella", abarca en longitud alrededor de la mitad oeste de la provincia, y su ancho varía según las avenidas anuales del Pilcomayo y de su distribución con respecto a la hermana República del Paraguay.
Como dije, abundan árboles de madera dura, entre los que destaco a uno de ellos que últimamente está siendo quizás . . . sobre-explotado. Inclusive en regiones tan aisladas como Pozo Molina, entraron los obrajeros y comenzaron a tumbar a cuanto algarrobo sano encontraron.
Es el árbol pan para los naturales de la zona, pues en verano viven de su fruta, la ""algarroba", chaucha que se puede comer directamente o elaborada como harina, con la cual, luego de amasarla bien, hacen el "bola-anchao". Si la fermentan hacen chicha o aloja, bebida que consumen en fiestas de carácter religioso. De su corteza extraen tinturas con las que colorean sus artesanías y con su madera se fabrican muebles, aberturas.
Para los animales . . . es la vida. Además de alimentarse varios meses al año, los pájaros anidan en sus ramas y los animales de mayor porte disfrutan de la frescura que da su sombra, protegiéndolos de la canícula que el verano formoseño brinda con mayor amplitud a la hora de la siesta.
Justamente aquí, en este lugar, vivía Algarrobín, que creció luchando duramente con el medio que lo rodeaba, con los de su misma especie y otros, padeciendo sequías largas en las cuales algún incendio estuvo a punto de terminar con su vida. Aprovechando al máximo la época de lluvias, estirándose cuanto podía para lograr un poco de sol en invierno, y así año tras año. Al cabo del tercero, tenía una altura respetable. Lindaba los dos metros y medio, y ya su cuerpo dio vida ; unas pocas chauchas que fueron arrancadas suavemente por guazunchos silenciosos. Al principio sufrió por la pérdida, hasta que un hermano mayor le contó que eso formaba parte de la existencia. El guazuncho se nutría de la parte externa de la fruta, pero no digería las semillas que luego serían evacuadas con las heces, que les serviría de abono, esparciéndolas lejos.
Todas las primaveras Algarrobín pegaba un salto en su crecimiento, produciendo mayor abundancia de frutos. También a medida que su copa se alejaba del suelo, aumentaba su diámetro y por ende su sombra, donde se cobijaban cada vez más numerosos y diversos animales. Es así que fue testigo de amores, nacimientos, huidas, peleas y hasta muertes. En sus ramas construían sus nidos variadas especies de pájaros, los cuales le anunciaban el amanecer con la alegría de su canto, casi todas las mañanas. Digo casi, porque de vez en cuando un grupo de cotorras bochincheras lo aturdían en la época en que fructificaba.
Contempló alborozado cuando una mamá guazuncho dio a luz y cómo el cachorrito al poco tiempo correteaba alrededor de la madre primero y luego de él. Sentía como una caricia y un reconocimiento cuando el pequeño lamía su agrietada y rugosa corteza. En ese momento sacudía sus ramas para que sus mejores y más tiernas chauchas cayeran cerca del recién nacido. Su premio era nuevas caricias a su tronco.
Preocupado, en otra ocasión, contempló cómo una piara de majanes, luego de darse una panzada con sus frutos, se tendía a descansar y alguno de ellos intentó afilar sus colmillos en él. Lo salvó un majestuoso yaguareté que apareció sigiloso y veloz ahuyentando a la piara que huyó por el monte despavorida, todos menos uno, un lechón mediano al que mató de un certero zarpazo y al cual después, muy orondo, devoró a sus pies.
Todo era natural, hechos crueles que formaban parte de la vida. Así que vivía feliz. Los hombres de la zona no lo molestaban, sólo recogían de vez en cuando sus frutos, o se subían a él para sorprender y cazar alguno de los muchos animales que venían en busca de cobijo. O a sacar miel. Luego se alejaban.
Divisaba a lo lejos a hermanos suyos que seguramente vivirían igual, con las mismas experiencias.
Pasaron los años y Algarrobín, ya adulto, poseía una altura considerable, un fuste recto y sano. Sus hojas brillaban con esa luminosidad que da la salud y la felicidad, cuando oyó crujidos raros en los montes y empezó sentir malos presagios. Ruidos tenues y . . . muy lejanos.
Poco meses después el sonido se acercó y vio a sus hermanos mayores a los cuales había alcanzado en tamaño, caer estrepitosamente. Un halo de inquietud corrió a lo largo de su cuerpo.
- ¿Qué pasa ? - preguntó al voleo.
- ! Nos están matando ! - le contestó un hermano .
El ruido se acercaba cada vez más y Algarrobín se estremeció tan fuerte que todas sus chauchas cayeron cuando unos hombres -más blancos que los naturales- se acercaron y no recogieron sus frutos.
Con una cinta metálica, le tomaron las medidas.

Pilagá : aborigen que habita en el centro-norte de la provincia.
Guazuncho : corzuela.
Maján : chancho del monte.
Yaguareté : tigre americano.
Quebracho : árbol de la llanura chaqueña de madera muy dura.
Curiyú : boa del tipo constrictor.
Obrajero : persona que trabaja cortando árboles.
Bolaanchao : bola de harina hecha con la trituración de las chauchas del algarrobo.

Cuando le toman las medidas a un árbol, es por que está apto o probable para ser talado.



Agrim. Carlos Felipe Arnedo
Naturalista (EAN)
Publicado en la revista "Polígono de cuentistas"


Volver al índice de leyendas <<


 

 

© Copyright Acampemos.com 2001- 2003
Todos los derechos reservados