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Cuento enviado por Agr. Carlos Felipe Arnedo

¿FILMÁ? ... ¡FILMÁ LAS PELOTAS!

En Buenos Aires, en mi trabajo, planeé un nuevo viaje de exploración y relevamiento de una parte del bañado La Estrella ubicado en la provincia de Formosa. El fin del mismo consistía en trazar un circuito de aventura, con una variación, que sería incluir una visita a un pequeño poblado aborigen.
El director de la escuela del lugar, Pozo Molina, fue el que me alentó y dio la fuerza necesaria, para que a mi vez convenciera a mis superiores en el trabajo. Necesitaba autorización, apoyo humano y económico.
El apoyo humano resultó ser un camarógrafo, Jorge, también personal del mismo trabajo.
Poco lo conocía a este joven y, en el momento de partir, sólo podía describirlo como de apariencia agradable, flaco, pintón y con un gran entusiasmo por el proyecto que íbamos a concretar.
De acuerdo a lo que me habían contado sobre él, poco conocía del monte formoseño. No me importaba; sí que fuera idóneo en lo suyo.
Partimos una noche rumbo a Las Lomitas, lugar donde nos esperaba el maestro para guiarnos hasta Pozo Molina. Desde este paraje, comenzaríamos la travesía hasta El Descanso, que es otra población aborigen, también de la raza Pilagá.
Al siguiente día de llegar, y después de conocer a la gente lugareña, muy amable por cierto, fuimos a ubicar la canoa que nos serviría de transporte. Nos guiaría un aborigen llamado Francisco, hombre de unos treinta y ocho años, alto, de fuerte contextura física y que, además, sería el encargado de impulsar la embarcación.
Cuando llegamos a ésta, sufrimos una desilusión. Estaba en terreno seco, rota y, en general, su aspecto era de total abandono. Ante nuestra clara manifestación de fastidio, el maestro nos calmó y se aprestó a arreglarla. Para eso llevaba alquitrán, elemento al que calentó y que, derretido, vertió entre las fisuras que presentaban las maderas de la canoa.
Luego entre todos los presentes, la arrastramos hasta alcanzar el agua, y ya en ella, nos dedicamos el resto del día a trasladarla hasta un lugar que quedaba más cerca de la aldea, a la vez que probábamos el arreglo efectuado.
Recorrimos todo este trayecto empujando la canoa con el agua hasta las rodillas, salvo Jorge, que iba encaramado en ella, privilegiado por su trabajo con la cámara de video. No pudimos navegar todos, por los pastizales y la poca profundidad, que ofrecía en este sitio el bañado.
En un determinado sector, se nos cruzó una ñacaniná de unos dos metros de largo, cinco centímetros de diámetro, la cual se acercaba hasta un metro cerca nuestro y luego se alejaba; volvía hasta casi tocar la canoa, se quedaba quieta... y se retiraba. Jorge, mientras tanto, la filmaba, acercándose a la víbora sin demostrar miedo alguno. El no sabía que ella es el único ofidio no venenoso que ataca cuando se ve acosado o tiene cría. En casos así se levanta sobre su cola y arremete contra el que ella cree es su agresor.
Por suerte, esta vez no pasó de la curiosidad, probablemente porque nos quedamos inmóviles cuando se acercaba, y nos alejamos de ella después de filmarla.
Esa noche, mientras cenábamos, comentamos lo vivido y le explicamos a Jorge sobre la peligrosidad de la ñacaniná. El se sorprendió y nos reprochó el no haberlo advertido.
Temprano, pero ya de día, partimos hacia nuestro objetivo recorriendo los dos kilómetros de picada muy alegres pues la aventura se presentaba sumamente atractiva. El día se presentaba prometedor, con claros indicios de que nos favorecería el avistaje de animales; estaba cálido y eso presagiaba que al mediodía las curiyú, plato fuerte del peculiar paisaje del bañado, saldrían a calentarse en la forma que ellas acostumbran a hacerlo. Es decir, se tienden a dormitar sobre alguna rama de los innumerables árboles secos -por el bañado- cubiertos de enredaderas. A este conjunto, árboles secos-enredaderas, los lugareños lo llaman champales.
Nuevamente, los primeros tramos nos la pasamos empujando, pero pronto pudimos navegar. Era realmente grato hacerlo, entre palmares, totorales, siempre sobre un manto herbáceo, tal que remar es imposible. Avanzamos impulsados por una pértiga, accionada por los poderosos brazos de Francisco, quien en ningún momento de todo el recorrido dio muestras de cansancio.
Más adelante, el manto por zonas raleaba; y en otras se cubría de tal forma que nos vimos obligados a bajar para aliviar el peso y atravesar el obstáculo.
Dentro de ese paisaje encantador -donde prima lo natural, sin huella alguna, ni indicios del ser humano, musicalizado por el canto coral de innumerables aves-, lo que más me impresionó fue la zona de los champales, que tenían un cierto aire fantasmal. Los árboles muertos, pero enhiestos, con sus ramas principales intactas y desplegadas en diversas direcciones, cubiertas por enredaderas le daban ese aspecto. Nada más que de color verde.
El silencio magistral, sólo interrumpido por el canto de los pájaros, realzaba la magnificencia de la naturaleza.
A este lugar llegamos alrededor del mediodía, hora muy propicia en que salen a tomar sol las curiyú, acordes con la conjunción: agua, hora, tipo de árboles.
Así es que extremamos la precaución oteando los diversos recovecos que este marco nos ofrecía. Francisco nos advirtió, que si algo brillaba le avisáramos para dirigirnos hacia allí, seguro que sería una boa.
No hizo falta; él fue el primero que la vio: estaba a unos cuarenta metros delante de nosotros. Recostada sobre una rama horizontal y al parecer, profundamente dormida.
Enseguida enfilamos hacia ella y, Jorge que estaba en la proa de la canoa, sentado sobre una madera suelta que calzaba justo en la punta, se dispuso a filmarla. En el medio, sobre otra tabla, íbamos el maestro y yo. Francisco en la popa, parado, impulsaba la canoa con la pértiga.
Ante mi seña, nos acercó a unos cinco metros. Jorge filmaba y yo le sacaba fotos. Como mi máquina no tiene teleobjetivo, nuevamente por señas le pedí al aborigen que nos acercara más. Este así lo hizo y prácticamente nos colocó debajo del animal. Era realmente grande, de unos quince centímetros de diámetro, por varios metros de largo. La cabeza estaba escondida entre las enredaderas.
Para poder tener una comparación, logré que Francisco ubique la canoa en forma paralela a la víbora; y en ese accionar, Jorge, sin percatarse de la cercanía por tener el ojo en el visor, seguía filmando todo el largo de ella, buscando la cabeza. Cuando el cuerpo se le pierde en la espesura de las hojas, retira el ojo y se encuentra con la cara de la curiyú a menos de cincuenta centímetros de la de él, y que le saca en forma burlona-amenazadora la lengua.
El impacto emocional fue tan grande (influyó la conversación de la noche anterior), que dio un brusco salto hacia atrás, cedió su asiento y se desparramó cuan largo era, en el piso de la canoa; eso sí, sosteniendo la cámara.
Ante tamaño ruido la curiyú, probablemente más asustada que Jorge, se tiró al agua y al huir a través de las ramas configuraba, entre el ruido y el movimiento, un espectáculo digno de ver, que nos concitó, tanto al maestro como a mí, a gritarle a Jorge: ¡ Flaco filmá...! ¡flaco, filmá...!
Este, entre asustado y enojado por lo que él creía fue a propósito, mientras se levantaba, nos contestó:
¿ FILMÁ?... ¡ FILMÁ...LAS PELOTAS!

Carlos Felipe Arnedo
Libro “Monte Lindo Grande”

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