¿FILMÁ?
... ¡FILMÁ LAS PELOTAS!
En Buenos Aires, en mi trabajo, planeé
un nuevo viaje de exploración y relevamiento
de una parte del bañado La Estrella ubicado
en la provincia de Formosa. El fin del mismo
consistía en trazar un circuito de aventura,
con una variación, que sería incluir
una visita a un pequeño poblado aborigen.
El director de la escuela del lugar, Pozo Molina,
fue el que me alentó y dio la fuerza
necesaria, para que a mi vez convenciera a mis
superiores en el trabajo. Necesitaba autorización,
apoyo humano y económico.
El apoyo humano resultó ser un camarógrafo,
Jorge, también personal del mismo trabajo.
Poco lo conocía a este joven y, en el
momento de partir, sólo podía
describirlo como de apariencia agradable, flaco,
pintón y con un gran entusiasmo por el
proyecto que íbamos a concretar.
De acuerdo a lo que me habían contado
sobre él, poco conocía del monte
formoseño. No me importaba; sí
que fuera idóneo en lo suyo.
Partimos una noche rumbo a Las Lomitas, lugar
donde nos esperaba el maestro para guiarnos
hasta Pozo Molina. Desde este paraje, comenzaríamos
la travesía hasta El Descanso, que es
otra población aborigen, también
de la raza Pilagá.
Al siguiente día de llegar, y después
de conocer a la gente lugareña, muy amable
por cierto, fuimos a ubicar la canoa que nos
serviría de transporte. Nos guiaría
un aborigen llamado Francisco, hombre de unos
treinta y ocho años, alto, de fuerte
contextura física y que, además,
sería el encargado de impulsar la embarcación.
Cuando llegamos a ésta, sufrimos una
desilusión. Estaba en terreno seco, rota
y, en general, su aspecto era de total abandono.
Ante nuestra clara manifestación de fastidio,
el maestro nos calmó y se aprestó
a arreglarla. Para eso llevaba alquitrán,
elemento al que calentó y que, derretido,
vertió entre las fisuras que presentaban
las maderas de la canoa.
Luego entre todos los presentes, la arrastramos
hasta alcanzar el agua, y ya en ella, nos dedicamos
el resto del día a trasladarla hasta
un lugar que quedaba más cerca de la
aldea, a la vez que probábamos el arreglo
efectuado.
Recorrimos todo este trayecto empujando la canoa
con el agua hasta las rodillas, salvo Jorge,
que iba encaramado en ella, privilegiado por
su trabajo con la cámara de video. No
pudimos navegar todos, por los pastizales y
la poca profundidad, que ofrecía en este
sitio el bañado.
En un determinado sector, se nos cruzó
una ñacaniná de unos dos metros
de largo, cinco centímetros de diámetro,
la cual se acercaba hasta un metro cerca nuestro
y luego se alejaba; volvía hasta casi
tocar la canoa, se quedaba quieta... y se retiraba.
Jorge, mientras tanto, la filmaba, acercándose
a la víbora sin demostrar miedo alguno.
El no sabía que ella es el único
ofidio no venenoso que ataca cuando se ve acosado
o tiene cría. En casos así se
levanta sobre su cola y arremete contra el que
ella cree es su agresor.
Por suerte, esta vez no pasó de la curiosidad,
probablemente porque nos quedamos inmóviles
cuando se acercaba, y nos alejamos de ella después
de filmarla.
Esa noche, mientras cenábamos, comentamos
lo vivido y le explicamos a Jorge sobre la peligrosidad
de la ñacaniná. El se sorprendió
y nos reprochó el no haberlo advertido.
Temprano, pero ya de día, partimos hacia
nuestro objetivo recorriendo los dos kilómetros
de picada muy alegres pues la aventura se presentaba
sumamente atractiva. El día se presentaba
prometedor, con claros indicios de que nos favorecería
el avistaje de animales; estaba cálido
y eso presagiaba que al mediodía las
curiyú, plato fuerte del peculiar paisaje
del bañado, saldrían a calentarse
en la forma que ellas acostumbran a hacerlo.
Es decir, se tienden a dormitar sobre alguna
rama de los innumerables árboles secos
-por el bañado- cubiertos de enredaderas.
A este conjunto, árboles secos-enredaderas,
los lugareños lo llaman champales.
Nuevamente, los primeros tramos nos la pasamos
empujando, pero pronto pudimos navegar. Era
realmente grato hacerlo, entre palmares, totorales,
siempre sobre un manto herbáceo, tal
que remar es imposible. Avanzamos impulsados
por una pértiga, accionada por los poderosos
brazos de Francisco, quien en ningún
momento de todo el recorrido dio muestras de
cansancio.
Más adelante, el manto por zonas raleaba;
y en otras se cubría de tal forma que
nos vimos obligados a bajar para aliviar el
peso y atravesar el obstáculo.
Dentro de ese paisaje encantador -donde prima
lo natural, sin huella alguna, ni indicios del
ser humano, musicalizado por el canto coral
de innumerables aves-, lo que más me
impresionó fue la zona de los champales,
que tenían un cierto aire fantasmal.
Los árboles muertos, pero enhiestos,
con sus ramas principales intactas y desplegadas
en diversas direcciones, cubiertas por enredaderas
le daban ese aspecto. Nada más que de
color verde.
El silencio magistral, sólo interrumpido
por el canto de los pájaros, realzaba
la magnificencia de la naturaleza.
A este lugar llegamos alrededor del mediodía,
hora muy propicia en que salen a tomar sol las
curiyú, acordes con la conjunción:
agua, hora, tipo de árboles.
Así es que extremamos la precaución
oteando los diversos recovecos que este marco
nos ofrecía. Francisco nos advirtió,
que si algo brillaba le avisáramos para
dirigirnos hacia allí, seguro que sería
una boa.
No hizo falta; él fue el primero que
la vio: estaba a unos cuarenta metros delante
de nosotros. Recostada sobre una rama horizontal
y al parecer, profundamente dormida.
Enseguida enfilamos hacia ella y, Jorge que
estaba en la proa de la canoa, sentado sobre
una madera suelta que calzaba justo en la punta,
se dispuso a filmarla. En el medio, sobre otra
tabla, íbamos el maestro y yo. Francisco
en la popa, parado, impulsaba la canoa con la
pértiga.
Ante mi seña, nos acercó a unos
cinco metros. Jorge filmaba y yo le sacaba fotos.
Como mi máquina no tiene teleobjetivo,
nuevamente por señas le pedí al
aborigen que nos acercara más. Este así
lo hizo y prácticamente nos colocó
debajo del animal. Era realmente grande, de
unos quince centímetros de diámetro,
por varios metros de largo. La cabeza estaba
escondida entre las enredaderas.
Para poder tener una comparación, logré
que Francisco ubique la canoa en forma paralela
a la víbora; y en ese accionar, Jorge,
sin percatarse de la cercanía por tener
el ojo en el visor, seguía filmando todo
el largo de ella, buscando la cabeza. Cuando
el cuerpo se le pierde en la espesura de las
hojas, retira el ojo y se encuentra con la cara
de la curiyú a menos de cincuenta centímetros
de la de él, y que le saca en forma burlona-amenazadora
la lengua.
El impacto emocional fue tan grande (influyó
la conversación de la noche anterior),
que dio un brusco salto hacia atrás,
cedió su asiento y se desparramó
cuan largo era, en el piso de la canoa; eso
sí, sosteniendo la cámara.
Ante tamaño ruido la curiyú, probablemente
más asustada que Jorge, se tiró
al agua y al huir a través de las ramas
configuraba, entre el ruido y el movimiento,
un espectáculo digno de ver, que nos
concitó, tanto al maestro como a mí,
a gritarle a Jorge: ¡ Flaco filmá...!
¡flaco, filmá...!
Este, entre asustado y enojado por lo que él
creía fue a propósito, mientras
se levantaba, nos contestó:
¿ FILMÁ?... ¡ FILMÁ...LAS
PELOTAS!
Carlos
Felipe Arnedo
Libro Monte Lindo Grande
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