| La
Laguna del Caldén Solitario
(ketré witrú lafquén)
VOCABULARIO
TRANAHUÉ: Martillo.
KETRE WITRÚ: Caldén aislado, solitario.
CHO-CHA: Víbora.
PEUÑÉN: Primavera.
UZI: Veloz.
NGEN-PIN: Dueño de 1a palabra.
KETRE WITRU LAFQUEN: Laguna del Caldén
Solitario.
MACHI: Hechicera, curandera.
Los componentes de la tribu del cacique Tranahué,
montados en sus caballos, cruzaban la extensión
arenosa.
Corrían en tropel manejando a las bestias
con habilidad consumada, montados en pelo y formando,
jinete y cabalgadura un todo indivisible.
Volvían luego de haber realizado un malón
a las estancias próximas y transportaban
el botín, conquistado entre gritos destemplados
y carreras locas.
Como de costumbre, los hombres, montados en sus
caballos, habían atacado a los pobladores
con sus lanzas y boleadoras, mientras las mujeres
y los muchachos indios, que siempre marchaban
detrás, en el momento del asalto, habían
entrado a las habitaciones, apoderándose
de todo cuanto encontraron a mano. Confiados y
contentos cruzaban el arenal cuando tuvieron una
sorpresa por demás desagradable.
Conocedores del lugar y de las costumbres, y poseedores
de una gran agudeza visual, no pasó inadvertida
para ellos una nube de polvo que se levantaba
en la lejanía y que se dirigía a
su encuentro.
Era un tropel de jinetes que se acercaban. Debían
ser, sin duda, de la tribu de Cho-Chá,
el temido cacique que venía a atacarlos.
Tranahué dio las órdenes necesarias
para ponerse en guardia. Sus acompañantes
se dispusieron a la defensa.
Los indígenas de pronto estuvieron sobre
ellos con la fuerza de sus lanzas de caña
tacuara y la ferocidad de sus instintos.
Su propósito era apoderarse del botín
logrado en el malón por sus tradicionales
enemigos.
Se trabaron en lucha feroz. Los atacantes, más
fuertes y numerosos, consiguieron vencer, huyendo
con los animales robados a la tribu enemiga.
En el campo había quedado el cacique Tranahué
malherido y desangrándose. Con él,
devorados por la fiebre, muchos heridos a los
que era necesario socorrer.
El sitio en que se hallaban, inhóspito
y solitario, los obligaba a salir cuanto antes
de él.
Anduvieron en busca de un lugar propicio, reparado;
pero ni un árbol, ni un asilo donde cobijarse.
Tranahué se quejaba y sus labios resecos
se abrían para pedir:
- ¡A...gua...! ¡A...gua...!
Pero el agua no existía en los alrededores.
Ni un riacho, ni una vertiente, nada que les proporcionara
el líquido anhelado.
Siguieron andando. El paisaje era desolador como
antes. Continuaban sin encontrar agua, ni reparo,
ni sombra.
Peuñén, la esposa del cacique, que
marchaba a su lado enjugando su frente y restañando
sus heridas, viendo desfallecer a su esposo, propuso
a los guerreros detenerse e invocar al Gran Espíritu
para que los guiará a un lugar propicio.
Los heridos, mientras tanto, vencidos por la fiebre
y la sed, pedían sin cesar:
- ¡A...gua..:! ¡A...guá...!
Conforme a los deseos de Peuñén
que todos juzgaron acertados, se llamó
a la machi para que preparara las rogativas.
El sacerdote indígena, el Ngen-pin, presidió
la ceremonia. Todos quedaron bajo sus órdenes.
Los que estaban en condiciones de hacerla, danzaron
alrededor del fuego sagrado, mientras los heridos,
en pedido angustioso, no cesaban de clamar:
- ¡A...gua...! ¡A...gua...! La luna
y las estrellas, desde lo alto, eran mudos testigos
de tanta desesperanza y de tanta angustia.
La ceremonia tuvo fin cuando el sol, apareciendo
por oriente, envió sus rayos a las arenas
calcinadas.
Extendieron su vista en derredor y allá,
en la lejanía, como en una bruma gris,
creyeron vislumbrar una esperanza.
Volvieron a mirar usando sus manos a modo de pantallas
para defenderse del fuerte resplandor del sol
que les impedía ver con claridad, y ya
no hubo duda para ellos.
Un grito de júbilo acompañó
el descubrimiento: a lo lejos, como una señal
de que sus súplicas habían sido
oídas. distinguieron una cadena de médanos.
La machi confirmó la suposición:
-¡Médanos... a lo lejos! Eso indica
que en el lugar hay agua dulce donde saciar la
sed. ¡Marchemos hacia allá!
Obedecieron impulsados por la desesperación
y alentados por la esperanza y hacia allí
dirigieron la marcha con la rapidez que el estado
de los heridos requería. Tranahué
había caído en un sopor del que
sólo salía para pedir suplicante:
- ¡A...gua...! ¡A...gua...!
Llegaron hasta los médanos pero, contra
toda suposición, allí no había
agua. Sólo crecía un enorme caldén,
un ketré witrú que les dio esperanzas,
pues todos conocían la virtud de este árbol
cuyo tronco hueco retiene el agua de las lluvias,
y desde el primer momento los cobijó bajo
sus ramas defendiéndolos del fuerte sol
de la pampa.
Allí y con cuidado acostaron al cacique
y a los heridos que, bajo el follaje acogedor,
descansaron tranquilos, atendidos por las mujeres
que no dejaron de prodigarles los cuidados que
les fue posible.
Esta vez las esperanzas no fueron vanas. Uno de
los guerreros de Tranahué, con su lanza
de tacuara abrió un tajo en el troncó
del caldén, del que comenzó a brotar
agua pura y fresca.
Gritos de alegría saludaron al líquido
tan deseado y después de dar de beber al
cacique y a los heridos , todos se abalanzaron
a beber... a beber con avidez. El agua seguía
manando de la herida abierta en el tronco del
árbol solitario y quedaba depositada al
pie, acumulándose en una depresión
del terreno.
Volvieron a reunirse en ceremonia los vasallos
de Tranahué; pero esta vez fue el agradecimiento
al Gran Espíritu, que había escuchado
sus ruegos, el motivo de la celebración.
Por fin el cansancio los venció, se echaron
bajo las ramas del gran árbol solitario,
y mecidos por el ruido del agua que continuaba
cayendo, quedaron profundamente dormidos. A la
mañana siguiente, él sol llegó
a despertarlos. Uzi fue el primero en ponerse
de pie y el primero en lanzar una exclamación
de sorpresa.
Un espejo de plata, entre los médanos,
donde se reflejaba todo el oro del sol, hirió
su vista
El agua que guardara el caldén durante
tanto tiempo había continuado cayendo toda
la noche cubriendo una gran extensión de
terreno y formando una laguna de agua clara y
potable, que aparecía ante todos como una
bendición. Uzi, impresionado aun ante la
maravillosa visión , exclamó: -¡Ketré
Witrú Lafquén! (¡La Laguna
del Caldén Solitario!) Así la llamaron
desde entonces. El caldén seguía
erguido, ofreciendo el asilo de sus ramas generosas.
La herida del tronco se había cerrado ya,
una vez cumplida con creces la misión que
le encomendara el Gran Espíritu. Merced
al líquido providencial y a los cuidados
prodigados, Tranahué curó de sus
heridas y recobró la salud perdida. Reinó
sobre sus súbditos como lo hiciera hasta
entonces. Vueltos a la normalidad, el cacique
decidió retornar con la tribu a sus dominios
abandonados durante tanto tiempo, pero los principales
jefes, interpretando el sentir de los vasallos
de Tranahué, agradecidos al kétré
witrú, pidieron al cacique que se levantaran
allí los toldos, en el lugar donde habían
salvado sus vidas juntos a la Ketré Witrú
Lafquén que les prometía campos
fértiles y abundante alimento.
Convencido Tranahué de la razón
invocada por su pueblo y agradecido él
mismo al solitario caldén, accedió
al pedido que se le hacía y allí,
al amparo de los médanos, junto a la Ketré
Witrú Lafquén, levantaron su toldería
que ocuparon desde entonces.
Esa fue, según los araucanos de La Pampa,
el origen de la Laguna del Caldén Solitario.
REFERENCIAS
Dice el señor Lindolfo Dozo Lebeaud con
respecto a la Laguna del Caldén Solitario:
Ketré Witrú era el nombre de un
paraje donde el coronel Manuel J. Campos, al mando
de las fuerzas expedicionarias procedentes del
fortín Kar-We, fundó el pueblo de
General Acha - 12 de agosto de 1862-, primitiva
capital de la entonces Gobernación de La
Pampa.
La cadena de médanos a que se hace referencia
en la leyenda y junto a la cual crecía
el solitario caldén, fue arborizada tiempo
después por iniciativa del mismo militar,
formando el Valle Argentino.
La Laguna del Caldén Solitario es conocida
hoy en día con los nombres de Laguna de
General Acha o Laguna del Valle Argentino.
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