ABEJAS
AFRICANIZADAS
A los apicultores brasileños
no se les ocurrió mejor idea que traer
abejas africanas, pues aparentemente eran más
laboriosas. Así las introdujeron en su
país y comenzaron con mucho control,
a criarlas.
Varias reinas más intrépidas,
o con necesidades de espacios más abiertos,
se escaparon y El Amazonas las recibió
con sus flores abiertas y jugosas. Se les hizo
campo orégano a éstas y su reproducción
fue en aumento avanzando hacia el sur velozmente.
En el sur está Formosa y Chaco, cuyos
montes también ofrecen abundancia en
flores y frutos, elementos esenciales para la
vida de estos pequeños animales.
La abeja africana se diferencia de la que anida
nuestros montes por ser más chiquita
y de color negro. También por ser más
agresiva y cuando ataca, defendiéndose
o a su panal, lo hace en forma muy numerosa,
siendo capaces de perseguir al intruso por más
de doscientos metros.
La extranjera -como la llaman los lugareños
a la abeja común- amarillenta y más
grande, ataca en pequeño número
y enseguida abandona la persecución del
que va a molestarlas. La africana ataca a los
panales de la recién aludida y se queda
con ellos; así han invadido gran parte
del norte argentino, convirtiéndose en
un verdadero peligro, pues su ataque en masa
puede llegar a matar a su oponente. Hay varios
casos registrados, como el de un agricultor
de un pequeño pueblo de Formosa, criador
él de abejas, de las llamadas italianas,
mansas a tal punto que cosechaba la miel que
estaba en los cajones sin cubrirse, ni siquiera
la cara, a lo sumo les tiraba un poco de humo
como para atontarlas.
Una mañana, no muy temprano, se dirigió
hacia donde tenía los cajones, como noventa,
bajo un naranjal. Lo acompañaban dos
perros; cerca estaba atada a un árbol
una mula; varias gallinas picoteaban el pasto
circundante en busca de insectos y gusanos que
se escondían en él.
El apicultor no se había percatado que
la tardecita anterior, casi al anochecer, una
colmena africanizada llegó a uno de los
cajones y peleando desalojó al enjambre
italiano, aposentándose y adueñándose
de los bienes existentes: casa, cera y miel.
Llegó el hombre a este cajón y
sin precaución alguna lo abrió.
El panal entero se le vino encima, picándolo.
Ante su sorpresa y dolor gritó, instante
en que los insectos se introdujeron en su boca
inoculándole su veneno que pronto hizo
su efecto. Se le cerró la glotis. El
mismo camino siguieron sus perros, la mula y
algunas de las gallinas que lo habían
seguido esperando maíces que el apicultor-agricultor
acostumbraba tirarles.
Cuando llegaron los familiares, el hombre tirado
en el suelo y cubierto de abejas no se movía
ya. Los perros y las gallinas tampoco. Sólo
la mula respiraba agonizante, todavía
semi-ahorcada con la soga que infructuosamente
trató de cortar para huir de tan terrible
ataque.
Escuelas, parajes y hasta el aeropuerto de la
ciudad de Formosa fueron víctimas de
estos seres volantes.
Tiempo después trabajé en el centro-oeste
de la provincia de Formosa mensurando una gran
extensión de campo, para lo cual utilicé
una topadora para abrir picadas. Uno de los
obstáculos mayores fueron las abejas,
quienes interrumpían por varias horas
la jornada laboral. Pese a esta experiencia,
cuando tuve oportunidad de trabajar con topadoras
nuevamente lo que me pasó fue...
Trabajaba desmontando un campo en Chaco, a unos
diez minutos de Sáenz Peña. Eramos
tres, el topadorista, un peón llamado
Epifanio de unos treinta años, de mediana
estatura y muy flaco, y yo que dirigía
el trabajo.
Estábamos marcando la zona de desmonte,
para lo cual abríamos una picada que
serviría de basurero. Todo era monte,
salvo una huella zigzagueaste que utilizaban
los lugareños pues conectaba a distintas
casas del lugar. La picada atravesó transversalmente
esta huella. Allí comenzamos a trabajar
ese día.
Apenas empezamos, un panal que se encontraba
alto, al que rozamos con la máquina nos
inquietó un tanto, pero enseguida se
calmaron. A unos cien metros más adelante,
otro nos hizo correr nuevamente, pero también
fue breve el susto.
Pese a estas dos corridas, Epifanio y yo seguimos
cometiendo el mismo error: caminar muy cerca
de la topadora. A los doscientos metros aproximadamente,
Epifanio que iba más cerca de la máquina,
a unos dos metros delante de mí, se dio
vuelta y empezó a correr. Inmediatamente
lo seguí, y recuerdo claramente que,
cuando giraba vi una masa redonda, una bola
que se me acercaba velozmente y que se aposentó
en mi nuca.
Corrí... ¡ cómo corrí!,
mientras mi mano derecha sacaba a puñados
abejas de mi cabeza. Epifanio, más joven
y flaco, rodeado también de una nube
de animalitos volantes disparaba alejándose
cada vez más, sin oír mis gritos
pidiéndole ayuda.
Cuando salí a la huella a él ya
no se lo divisaba. A unos veinte metros y en
dirección al lugar donde se encontraba
mi camioneta, dos cosecheras sorprendidas seguramente
por el paso raudo de Epifanio, se habían
bajado de sus bicicletas y... estaban expectantes.
Cuando me vieron aparecer, soltaron sus rodados
y salieron corriendo delante de mí. Al
llegar al vehículo paré y ellas
hicieron lo mismo. Unas diez abejas todavía
volaban a mí alrededor, incluso alguna
me picó en el pecho. Ya no me dolía.
Epifanio, mientras tanto, volvió pues
había pasado al móvil en su desesperada
huida, y ante mi pregunta de como estaba, como
se sentía, me contestó:
-M e estoy mareando- Lo cierto es que sus ojos
se pusieron rojos.
Inmediatamente subimos al vehículo y
partimos rumbo a Saenz Peña en busca
de ayuda médica. Llegamos en diez minutos
y en el sanatorio de mi hermano nos inyectaron
decadrón. Epifanio estuvo internado en
observación tres horas. Yo la saqué
barata: apenas la mano izquierda algo hinchada,
pese a que tenía siete picaduras en ella.
La mayor parte de la agresión fue en
la cabeza, el cuello y la espalda. En el brazo
y mano derecha, nada, quizás por la velocidad
con que me sacaba a los animalejos de encima.
Después nos enteramos por el maquinista,
que la topadora rompió un panal que anidaba
en un tronco hueco y que éste entero
y enfurecido se nos vino encima. El topadorista
vio todo y se salvó porque levantó
la pala y atravesó lo poco de monte que
quedaba.
Epifanio no trabajó por tres días.
Agrim. Carlos Felipe Arnedo
Naturalista (EAN)
Libro "Monte Lindo Grande"
Ed. Setiembre
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