IIiInicio - Publicidad - Contáctenos -
Cuentos y Leyendas
Guías
Campings
Parques Nacionales
Guía de Compras
Foros
... y además

Técnicas
Cursos y notas
Obsequios
Cuentos y leyendas
Humor
Galería de fotos
Clima
Asesoramiento
Contáctenos

Cuento enviado por Agr. Carlos Felipe Arnedo

ABEJAS AFRICANIZADAS

A los apicultores brasileños no se les ocurrió mejor idea que traer abejas africanas, pues aparentemente eran más laboriosas. Así las introdujeron en su país y comenzaron con mucho control, a criarlas.
Varias reinas más intrépidas, o con necesidades de espacios más abiertos, se escaparon y El Amazonas las recibió con sus flores abiertas y jugosas. Se les hizo campo orégano a éstas y su reproducción fue en aumento avanzando hacia el sur velozmente.
En el sur está Formosa y Chaco, cuyos montes también ofrecen abundancia en flores y frutos, elementos esenciales para la vida de estos pequeños animales.
La abeja africana se diferencia de la que anida nuestros montes por ser más chiquita y de color negro. También por ser más agresiva y cuando ataca, defendiéndose o a su panal, lo hace en forma muy numerosa, siendo capaces de perseguir al intruso por más de doscientos metros.
La extranjera -como la llaman los lugareños a la abeja común- amarillenta y más grande, ataca en pequeño número y enseguida abandona la persecución del que va a molestarlas. La africana ataca a los panales de la recién aludida y se queda con ellos; así han invadido gran parte del norte argentino, convirtiéndose en un verdadero peligro, pues su ataque en masa puede llegar a matar a su oponente. Hay varios casos registrados, como el de un agricultor de un pequeño pueblo de Formosa, criador él de abejas, de las llamadas italianas, mansas a tal punto que cosechaba la miel que estaba en los cajones sin cubrirse, ni siquiera la cara, a lo sumo les tiraba un poco de humo como para atontarlas.
Una mañana, no muy temprano, se dirigió hacia donde tenía los cajones, como noventa, bajo un naranjal. Lo acompañaban dos perros; cerca estaba atada a un árbol una mula; varias gallinas picoteaban el pasto circundante en busca de insectos y gusanos que se escondían en él.
El apicultor no se había percatado que la tardecita anterior, casi al anochecer, una colmena africanizada llegó a uno de los cajones y peleando desalojó al enjambre italiano, aposentándose y adueñándose de los bienes existentes: casa, cera y miel.
Llegó el hombre a este cajón y sin precaución alguna lo abrió. El panal entero se le vino encima, picándolo. Ante su sorpresa y dolor gritó, instante en que los insectos se introdujeron en su boca inoculándole su veneno que pronto hizo su efecto. Se le cerró la glotis. El mismo camino siguieron sus perros, la mula y algunas de las gallinas que lo habían seguido esperando maíces que el apicultor-agricultor acostumbraba tirarles.
Cuando llegaron los familiares, el hombre tirado en el suelo y cubierto de abejas no se movía ya. Los perros y las gallinas tampoco. Sólo la mula respiraba agonizante, todavía semi-ahorcada con la soga que infructuosamente trató de cortar para huir de tan terrible ataque.
Escuelas, parajes y hasta el aeropuerto de la ciudad de Formosa fueron víctimas de estos seres volantes.
Tiempo después trabajé en el centro-oeste de la provincia de Formosa mensurando una gran extensión de campo, para lo cual utilicé una topadora para abrir picadas. Uno de los obstáculos mayores fueron las abejas, quienes interrumpían por varias horas la jornada laboral. Pese a esta experiencia, cuando tuve oportunidad de trabajar con topadoras nuevamente lo que me pasó fue...
Trabajaba desmontando un campo en Chaco, a unos diez minutos de Sáenz Peña. Eramos tres, el topadorista, un peón llamado Epifanio de unos treinta años, de mediana estatura y muy flaco, y yo que dirigía el trabajo.
Estábamos marcando la zona de desmonte, para lo cual abríamos una picada que serviría de basurero. Todo era monte, salvo una huella zigzagueaste que utilizaban los lugareños pues conectaba a distintas casas del lugar. La picada atravesó transversalmente esta huella. Allí comenzamos a trabajar ese día.
Apenas empezamos, un panal que se encontraba alto, al que rozamos con la máquina nos inquietó un tanto, pero enseguida se calmaron. A unos cien metros más adelante, otro nos hizo correr nuevamente, pero también fue breve el susto.
Pese a estas dos corridas, Epifanio y yo seguimos cometiendo el mismo error: caminar muy cerca de la topadora. A los doscientos metros aproximadamente, Epifanio que iba más cerca de la máquina, a unos dos metros delante de mí, se dio vuelta y empezó a correr. Inmediatamente lo seguí, y recuerdo claramente que, cuando giraba vi una masa redonda, una bola que se me acercaba velozmente y que se aposentó en mi nuca.
Corrí... ¡ cómo corrí!, mientras mi mano derecha sacaba a puñados abejas de mi cabeza. Epifanio, más joven y flaco, rodeado también de una nube de animalitos volantes disparaba alejándose cada vez más, sin oír mis gritos pidiéndole ayuda.
Cuando salí a la huella a él ya no se lo divisaba. A unos veinte metros y en dirección al lugar donde se encontraba mi camioneta, dos cosecheras sorprendidas seguramente por el paso raudo de Epifanio, se habían bajado de sus bicicletas y... estaban expectantes. Cuando me vieron aparecer, soltaron sus rodados y salieron corriendo delante de mí. Al llegar al vehículo paré y ellas hicieron lo mismo. Unas diez abejas todavía volaban a mí alrededor, incluso alguna me picó en el pecho. Ya no me dolía. Epifanio, mientras tanto, volvió pues había pasado al móvil en su desesperada huida, y ante mi pregunta de como estaba, como se sentía, me contestó:
-M e estoy mareando- Lo cierto es que sus ojos se pusieron rojos.
Inmediatamente subimos al vehículo y partimos rumbo a Saenz Peña en busca de ayuda médica. Llegamos en diez minutos y en el sanatorio de mi hermano nos inyectaron decadrón. Epifanio estuvo internado en observación tres horas. Yo la saqué barata: apenas la mano izquierda algo hinchada, pese a que tenía siete picaduras en ella. La mayor parte de la agresión fue en la cabeza, el cuello y la espalda. En el brazo y mano derecha, nada, quizás por la velocidad con que me sacaba a los animalejos de encima.
Después nos enteramos por el maquinista, que la topadora rompió un panal que anidaba en un tronco hueco y que éste entero y enfurecido se nos vino encima. El topadorista vio todo y se salvó porque levantó la pala y atravesó lo poco de monte que quedaba.
Epifanio no trabajó por tres días.

Agrim. Carlos Felipe Arnedo
Naturalista (EAN)
Libro "Monte Lindo Grande"
Ed. Setiembre

Volver al índice de leyendas <<


 

© Copyright Acampemos.com 2001- 2003
Todos los derechos reservados